No seas curita de nadie, porque al cicatrizar la herida se tira el curita
Publicado el 15 diciembre, 2025 por
Antonio David Martínez Vessi
En la vida casi todos pasamos por una etapa en la que queremos “salvar” a los demás. Nos volvemos consejeros, rescatistas, soporte técnico emocional de medio mundo. Nos llaman cuando hay problema, cuando hay drama, cuando se sienten rotos. Y claro, ahí estamos: escuchamos, prestamos dinero, damos tiempo, aguantamos desahogos. Pero un día nos damos cuenta de algo incómodo: cuando la herida empieza a cerrar, cuando la crisis pasa, muchos de esos mismos que nos buscaban desaparecen o vuelven a su vida como si nada. El “curita” que fuimos se va directo a la basura. Don Miguel Ruiz diría que ahí es peligroso tomárselo personal: no siempre es maldad, a veces es inmadurez… pero duele igual.
Daniel Goleman, desde la inteligencia emocional, hablaría de un tema clave: límites. Ayudar no está mal; el problema es cuando convertimos la ayuda en identidad. Si yo me creo que solo sirvo cuando rescato a otros, voy a aceptar todo: llamadas a cualquier hora, favores sin medida, historias que se repiten una y otra vez sin ningún cambio real. Y cuando esa persona ya se siente mejor, vuelve a su rutina… y yo me quedo drenado, con la sensación de que mi tiempo no valió. Wayne Dyer diría que ahí la lección no es “deja de ayudar”, sino “deja de olvidarte de ti mientras ayudas”. Porque una cosa es acompañar y otra muy distinta es cargar.
También es cierto que hay personas que se acostumbran a nuestra ayuda como si fuera obligación. Ya no lo ven como apoyo, lo ven como servicio incluido. No preguntan cómo estamos, no agradecen, no hacen el esfuerzo de hacerse cargo de su parte. Ahí es donde esta frase se vuelve advertencia: “No seas curita de nadie”. Es decir: no tapes tú solo heridas que el otro no quiere realmente sanar. Viktor Frankl hablaría del sentido del sufrimiento: hay dolores que nadie puede vivir por nosotros; intentar evitárselos por completo a los demás a veces les quita justo la parte que más podría hacerlos crecer.
Esto no significa cerrar el corazón ni volverse egoísta. Significa elegir mejor cuándo, cómo y cuánto ayudamos. Poner buena voluntad, pero también límites claros. Estar para quien también está cuando puede; apoyar procesos, no solo apagar incendios eternos. Eckhart Tolle diría que parte de la paz interior es dejar de meternos en historias que no nos corresponden, por más que nos duela ver al otro batallar. Podemos estar presentes, sí, pero sin renunciar a nuestro propio descanso, a nuestra dignidad y a nuestra vida. Porque cuando una ayuda te va rompiendo lentamente por dentro, ya no es ayuda, es sacrificio mal entendido.
Reflexión en preguntas
• ¿Con quién te has sentido más como “curita” que como persona, siempre disponible para solucionar pero rara vez escuchado o cuidado?
• ¿En qué tipo de situaciones sueles dar más de lo que realmente puedes o quieres, solo para no quedar mal o no sentir culpa?
• Si empezaras a poner un límite sano en una sola relación, ¿cómo se vería ese límite y qué temes que pueda pasar?
Desde lo aprendido
• Ayudar es valioso, pero cuando se vuelve hábito automático puede terminar desgastándonos en silencio.
• No todos valoran la ayuda de la misma forma; algunos la normalizan y la dan por hecha.
• Ser “curita” de todo mundo nos puede alejar de una responsabilidad básica: también cuidar de nosotros mismos.
• Poner límites no es falta de amor, es una forma de respeto propio y, a la larga, también respeto por el proceso del otro.
• Acompañar no siempre significa resolver; a veces la mejor ayuda es estar presentes sin anular la responsabilidad del otro.
Lecturas recomendadas
• Don Miguel Ruiz – Los cuatro acuerdos
• Daniel Goleman – Inteligencia emocional
• Wayne Dyer – Tus zonas erróneas
• Viktor Frankl – El hombre en busca de sentido
Conclusión
“No seas curita de nadie, porque al cicatrizar la herida se tira el curita” nos confronta con una verdad que muchas veces aprendemos a golpes: no toda ayuda es correspondida, no todo esfuerzo es valorado. La salida no es endurecer el corazón, sino afinar el criterio. Seguir siendo personas dispuestas a apoyar, pero sin entregar nuestra paz ni nuestra vida entera cada vez que alguien sangra. Cuando dejamos de ser curitas desechables y empezamos a ser presencia consciente, la ayuda cambia de forma: ya no nace de la necesidad de sentirnos necesarios, sino de una elección más libre y más sana. Y ahí, curiosamente, es cuando nuestra compañía empieza a tener un valor distinto, para los demás… y para nosotros mismos.
AD Mettā
Fundador de CADA vez más luz, un apasionado escritor, deportista y un amante de “Viajar Ligero” en La vida.
Ver todos los artículos de AD Mettā →