A veces no hace falta ruido sino silencio
Publicado el 9 enero, 2026 por
Antonio David Martínez Vessi
Nos hemos acostumbrado a pensar que la vida se mueve cuando hay ruido: reuniones, mensajes, opiniones, notificaciones, discusiones, agenda llena. Si el día está muy callado, sospechamos que “algo falta”. Sin embargo, muchas de las decisiones más importantes que hemos tomado no llegaron en medio del escándalo, sino en momentos de pausa: una noche en vela, una caminata sin prisa, ese rato en el que por fin dejamos el celular boca abajo. Wayne Dyer decía que hay respuestas que no se oyen porque el volumen del exterior está demasiado alto. A veces no hace falta más información, ni más voces, ni más estímulo; lo que hace falta es el silencio suficiente para escuchar lo que ya sabíamos y no queríamos aceptar.
Daniel Goleman, desde la inteligencia emocional, nos recuerda que el ruido también puede ser interno: preocupaciones que repiten la misma frase, diálogos imaginarios, culpas que no sueltan. Podemos estar en una casa tranquila y sentir que por dentro hay un mercado en hora pico. En esos momentos, el impulso suele ser buscar todavía más ruido para no escuchar: música a tope, redes sociales, conversaciones superficiales. Pero el silencio, bien usado, no es castigo, es orden. Nos ayuda a distinguir qué preocupación trae un mensaje real y qué pensamiento solo está dando vueltas por costumbre. No se trata de eliminar todo sonido, sino de bajar la intensidad suficiente para ver qué estamos sintiendo de verdad.
Don Miguel Ruiz, en Los cuatro acuerdos, habla del poder de no tomarnos todo de manera personal y de ser impecables con la palabra. El silencio tiene mucho que ver con eso: no responder al primer impulso, no opinar por opinar, no entrar en cada discusión que se nos pone enfrente. En un mundo donde todo invita a reaccionar rápido, elegir una pausa parece raro, pero es una forma muy concreta de cuidar nuestra paz y la de otros. Hay conversaciones que se salvan cuando alguien decide guardar silencio un segundo más antes de contestar; hay relaciones que se sostienen porque, en vez de sumar ruido, una de las partes eligió escuchar.
“A veces no hace falta ruido sino silencio” no propone huir del mundo ni aislarnos de todos, sino recordar que el silencio es un recurso que tenemos y casi no usamos. Unos minutos sin pantallas, una tarde menos saturada, una caminata sin audífonos, incluso un “prefiero pensarlo y luego hablamos” pueden marcar la diferencia entre reaccionar y responder. En ese espacio callado se acomoda lo que sentimos, se asientan las ideas, se aclara qué sí queremos decir y qué era solo impulso. No hace falta que el silencio dure horas ni que sea perfecto; a veces, con darle un pequeño lugar cada día, ya empieza a cambiar el tono con el que vivimos lo demás.
Reflexión en preguntas
• ¿En qué momentos de tu día sientes más “ruido”, externo o interno?
• ¿Qué decisión, conversación o emoción estás posponiendo por falta de silencio más que por falta de tiempo?
• Si hoy te regalaras solo unos minutos de verdadera pausa, ¿para qué los usarías: para escuchar tu cuerpo, tus pensamientos, tu corazón?
Desde lo aprendido
• No todo se resuelve con más ruido, más opinión o más actividad; a veces hace falta menos para ver mejor.
• El silencio no es vacío: permite que lo que ya sabemos se vuelva más claro.
• Bajar el volumen externo ayuda a distinguir qué preocupaciones son importantes y cuáles solo repiten lo mismo.
• Hacer una pausa antes de responder puede evitar conflictos y mejorar la calidad de nuestras relaciones.
• Un poco de silencio diario puede convertirse en un espacio de cuidado propio, más que en un castigo o una rareza.
Lecturas recomendadas
• Wayne Dyer – Tus zonas erróneas
• Don Miguel Ruiz – Los cuatro acuerdos
• Daniel Goleman – Inteligencia emocional
• Eckhart Tolle – El poder del ahora
Conclusión
“A veces no hace falta ruido sino silencio” nos recuerda que no siempre necesitamos más cosas, más gente o más estímulo para sentirnos mejor; a veces lo que más hace falta es un lugar donde por fin se escuche lo que traemos dentro. El mundo difícilmente se va a callar, pero sí podemos aprender a construir pequeños espacios de calma en medio de todo. En esa quietud, aunque sea breve, la mente se ordena, el corazón baja un cambio y lo que realmente importa deja de perderse entre tanto sonido. Ahí, sin tanto ruido, empezamos a ver con más honestidad por dónde queremos seguir caminando.
AD Mettā
Fundador de CADA vez más luz, un apasionado escritor, deportista y un amante de “Viajar Ligero” en La vida.
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