antonio david martinez vessi

Ante la ausencia de objetivos te das cuenta que no te falta nada

Publicado el 3 enero, 2026 por

Antonio David Martínez Vessi

Vivimos en una época donde parece obligatorio tener siempre un plan: metas del año, siguientes pasos, visión a cinco años, lista de pendientes. Si no tenemos algo que perseguir, sentimos que estamos fallando. Sin embargo, hay momentos en los que la vida nos detiene: un cambio inesperado, una pausa forzada, un cansancio profundo que no permite seguir corriendo al mismo ritmo. Y, de pronto, nos descubrimos sin grandes objetivos a la vista. Al principio asusta: “¿y ahora qué sigue?”. Pero, si nos quedamos un poco más en ese silencio, empiezan a aparecer otras cosas que normalmente ignoramos: la cama donde dormimos, la comida en la mesa, las personas que se preocupan por nosotros, la salud que todavía nos sostiene. En esa quietud, la sensación de carencia se mueve un poco y asoma algo distinto: quizá no nos falta tanto como creíamos.

Viktor Frankl hablaba del sentido como algo que no siempre se fabrica con grandes logros, sino que se descubre en la experiencia de cada día. Muchas veces confundimos sentido con objetivo: creemos que solo “valemos” si estamos avanzando hacia algo visible. Pero cuando se nos caen los planes, nos damos cuenta de que seguir respirando, seguir compartiendo, seguir estando presentes ya es mucho. Wayne Dyer insistía en que el ego se alimenta de comparaciones: siempre ve lo que falta, rara vez ve lo que ya hay. Cuando por un tiempo se despeja el horizonte de metas, la mente se inquieta… y al mismo tiempo se abre la oportunidad de mirar alrededor con otros ojos: ¿qué sí está funcionando?, ¿qué sí me sostiene?, ¿qué sí agradezco, aunque nunca lo nombre?

Eckhart Tolle diría que el momento presente suele ser más suficiente de lo que pensamos, pero estamos tan acostumbrados a vivir en el “todavía no” que casi nunca lo notamos. No es que los objetivos sean malos; ayudan a ordenar, a crecer, a enfocarnos. El problema es cuando los convertimos en condición para permitirnos sentir plenitud: “seré feliz cuando logre esto”. Entonces la vida se convierte en una fila de metas encadenadas, donde la sensación de que “algo falta” nunca se apaga. Curiosamente, cuando esa maquinaria se detiene un poco y no tenemos tan claro el siguiente escalón, puede surgir una paz rara: descubrimos que, sin nada extraordinario ocurriendo, hay motivos sencillos para agradecer. Un café compartido, un cuerpo que todavía responde, una conversación honesta, una noche en casa sin sobresaltos.

“Ante la ausencia de objetivos te das cuenta que no te falta nada” no propone vivir sin rumbo, sino dejar de tratar la vida como un proyecto que solo vale por sus resultados. Es una invitación a sospechar que, debajo del ruido de lo que queremos conseguir, ya hay algo completo sucediendo: estamos vivos, tenemos historias, vínculos, aprendizajes, incluso cicatrices que nos cuentan que hemos pasado por mucho y seguimos aquí. Desde ese reconocimiento, los objetivos que vengan después se viven distinto: ya no como la condición para sentirnos suficientes, sino como expresiones naturales de una gratitud que ya estaba, aunque no la viéramos.

Reflexión en preguntas

• ¿Qué tan incómodo se te vuelve estar una temporada sin grandes objetivos, solo viviendo el día a día?
• Si hoy hicieras una lista honesta de lo que ya tienes y valoras —personas, experiencias, recursos, incluso aprendizajes duros—, ¿qué cosas aparecerían que normalmente das por sentadas?
• ¿En qué parte de tu vida podrías cambiar el “me falta” por un “gracias por lo que ya hay”, sin que eso signifique dejar de crecer?

Desde lo aprendido

• No siempre necesitamos un gran objetivo para que la vida tenga sentido; a veces basta con reconocer lo que ya nos sostiene.
• El ego tiende a enfocarse en lo que falta y olvida agradecer lo que está presente y funcionando.
• Las pausas sin metas claras pueden ser espacios valiosos para ver con otros ojos nuestra realidad actual.
• Agradecer no cancela el deseo de avanzar, pero sí lo suaviza: deja de ser necesidad desesperada y se vuelve elección.
• Cuando la sensación de plenitud nace de lo que ya somos y tenemos, los nuevos objetivos se viven con menos angustia y más libertad.

Lecturas recomendadas

• Viktor Frankl – El hombre en busca de sentido
• Wayne Dyer – Tus zonas erróneas
• Eckhart Tolle – El poder del ahora
• Daniel Goleman – Inteligencia emocional

Conclusión

“Ante la ausencia de objetivos te das cuenta que no te falta nada” nos recuerda que la vida no empieza cuando logremos la siguiente meta; ya está sucediendo ahora mismo. Tal vez hoy no tengamos claro el próximo gran paso, pero sí podemos ver con un poco más de calma todo lo que ya está a nuestro favor. Desde ese lugar de gratitud, los objetivos futuros dejan de ser parches para el vacío y se convierten en formas de honrar una abundancia que, quizá sin darnos cuenta, ya estaba acompañándonos desde hace tiempo.

AD Mettā

Fundador de CADA vez más luz, un apasionado escritor, deportista y un amante de “Viajar Ligero” en La vida.

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