Antonio David Martinez Vessi

¿Por qué esperar a que las urgencias nos convoquen?

Publicado el 27 octubre, 2025 por

Antonio David Martínez Vessi

En casi todas las familias pasa: el chat grupal se activa cuando hay un susto, las llamadas aparecen cuando alguien enferma, las visitas se multiplican ante una mala noticia. Vivimos atentos al imán de la urgencia, como si el cuidado solo tuviera permiso cuando el reloj grita. Pero los vínculos se tejen en lo cotidiano: en preguntar cómo va el día sin motivo, en mandar una foto que arranca una risa, en recordar una fecha que no es “importante” para nadie más. La pregunta es simple: ¿por qué esperar a que algo apriete para acercarnos?

Este tema ya lo habíamos tocado en el post:


Hoy lo miramos desde adentro, con escenas que conocemos: el tío que aparece solo cuando hay que resolver, la prima que “está ocupadísima” hasta que algo truena, los mensajes de “¿qué hace falta?” después de la noche difícil. Son gestos valiosos, sí, pero no deberían ser la única puerta. La presencia de todos los días es la que amortigua, previene malentendidos y vuelve más ligeros los golpes cuando lleguen.

Cuando vivimos en modo emergencia, la relación se comporta como una brigada: eficiente, rápida… y ausente el resto del tiempo. En cambio, cuando la atención se vuelve hábito, las distancias se acortan sin ruido. No hace falta discurso ni gran plan: pequeñas señales, repetidas con calma, sostienen más que mil palabras en un solo día oscuro. A veces lo único que cambia la historia es no dejar que se junte el polvo.

Reflexión en preguntas


— ¿Qué vínculo importante solo se activa cuando hay problemas y cómo podría respirar también en días normales?
— ¿Qué gesto breve (preguntar, escuchar, compartir algo simple) ayudaría hoy a que nadie tenga que gritar para ser visto?
— ¿Qué silencios estamos normalizando que luego se convierten en urgencias?

Desde lo aprendido


• Cuidar antes: señales pequeñas y frecuentes mantienen vivo el lazo.
• Normalizar los “cómo vas” sin pretexto evita que todo dependa de una crisis.
• Acordar chequeos sencillos (mensuales, quincenales) con quienes más importan.
• Celebrar lo cotidiano (un avance, una risa, un intento) fortalece pertenencia.
• Compartir carga a tiempo impide que lo pendiente se vuelva incendio.

Conclusión


La urgencia nos convoca, pero la constancia nos sostiene. Si dejamos de esperar a que algo duela para acercarnos, la familia —la de sangre y la elegida— deja de ser un sistema de alarmas y se convierte en un lugar habitable todos los días.

AD Mettā

Fundador de CADA vez más luz, un apasionado escritor, deportista y un amante de “Viajar Ligero” en La vida.

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