Cuando la gratitud entra por la puerta, la queja salta por la ventana
Publicado el 26 septiembre, 2026 por
Antonio David Martínez Vessi
Hay días en los que parece más sencillo encontrar lo que falta que reconocer lo que tenemos.
Nos quejamos del trabajo porque cansa, del tiempo porque no alcanza, de las personas porque no responden como esperamos y hasta de nosotros mismos porque todavía no hemos llegado a donde quisiéramos estar.
Y quizá el problema no sea que alguna vez nos quejemos. Todos lo hacemos.
El problema comienza cuando la queja se convierte en costumbre.
Porque entonces dejamos de observar nuestra vida como realmente es y comenzamos a verla únicamente desde aquello que nos falta, aquello que salió mal o aquello que creemos que debería ser diferente.
La gratitud cambia esa mirada.
No necesariamente cambia lo que está sucediendo afuera, pero sí modifica el lugar desde donde lo observamos.
Podemos tener dificultades y agradecer al mismo tiempo.
Podemos atravesar una mala temporada y reconocer que todavía existen personas que nos acompañan.
Podemos estar cansados y agradecer que seguimos teniendo motivos para levantarnos.
Incluso podemos perder algo importante y, después del dolor necesario, agradecer haber tenido la oportunidad de vivirlo.
La gratitud no consiste en fingir que todo está bien.
Consiste en no permitir que aquello que está mal nos haga olvidar todo lo que todavía está bien.
Cuando comenzamos a practicarla ocurre algo curioso: muchas de las cosas que antes parecían pequeñas recuperan su valor.
Una conversación tranquila.
Una comida compartida.
Alguien que pregunta cómo estamos.
La posibilidad de comenzar nuevamente.
Una tarde cualquiera sin malas noticias.
La salud que muchas veces solo recordamos cuando empieza a faltar.
La presencia de personas que quizá damos por seguras simplemente porque llevan muchos años a nuestro lado.
Nada de eso apareció de repente.
Siempre estuvo ahí.
Lo que cambió fue nuestra manera de verlo.
Por eso, cuando la gratitud entra por la puerta, la queja comienza a quedarse sin espacio.
No porque desaparezcan los problemas, sino porque dejamos de entregarles toda nuestra atención.
Reflexión en preguntas
¿Cuántas cosas buenas de tu vida has dejado de notar porque ya te acostumbraste a tenerlas?
¿Estás dedicando más tiempo a pensar en aquello que te falta que a disfrutar aquello que ya tienes?
¿Cuándo fue la última vez que agradeciste sinceramente a alguien por formar parte de tu camino?
¿Y cuándo fue la última vez que te agradeciste a ti mismo por todo lo que has logrado superar?
Desde lo aprendido
Con los años uno descubre que siempre habrá algún motivo para quejarse.
Cuando resolvamos un problema aparecerá otro. Cuando alcancemos una meta probablemente comenzaremos a pensar en la siguiente. Y si esperamos a que nuestra vida sea perfecta para sentirnos agradecidos, quizá pasemos demasiado tiempo esperando.
La gratitud se aprende en el presente.
No hace falta tenerlo todo.
Hace falta detenernos de vez en cuando y reconocer lo que sí está.
Porque muchas de las cosas que hoy consideramos normales fueron, alguna vez, algo que deseábamos profundamente.
Conclusión
La vida no necesita ser perfecta para ser valiosa.
Habrá puertas que se cierren, planes que cambien, personas que se marchen y momentos difíciles que tendremos que atravesar.
Pero también habrá mucho que agradecer.
Tal vez la gratitud no pueda evitar que lleguen los problemas, pero sí puede impedir que olvidemos todo lo bueno mientras los resolvemos.
Así que de vez en cuando abre la puerta y deja entrar a la gratitud.
Quizá descubras que la queja, al verla llegar, ya está buscando por dónde salir.
AD Mettā
Fundador de CADA vez más luz, un apasionado escritor, deportista y un amante de “Viajar Ligero” en La vida.
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