Uno corre tan rápido según el perro que lo persiga
Publicado el 6 noviembre, 2026 por
Antonio David Martínez Vessi
Hay una expresión que, aunque puede parecernos graciosa al escucharla por primera vez, encierra una reflexión interesante: uno corre tan rápido según el perro que lo persiga.
Imaginemos por un momento que caminamos tranquilamente por una calle y un pequeño perro comienza a ladrarnos. Quizá aceleremos un poco el paso, mantengamos nuestra distancia o simplemente continuemos caminando. Pero si de pronto aparece un perro mucho más grande, corriendo hacia nosotros con una actitud amenazante, seguramente nuestra reacción será muy diferente.
Es probable que descubramos una velocidad que ni siquiera sabíamos que teníamos.
Y aunque esta situación pueda arrancarnos una sonrisa, también representa algo que sucede constantemente en nuestra vida.
Muchas veces la velocidad con la que actuamos depende de qué tan grande percibimos el problema que tenemos detrás.
Podemos pasar semanas posponiendo una decisión hasta que las circunstancias nos obligan a tomarla. Ignoramos una molestia hasta que se convierte en un problema importante. Dejamos para después una conversación difícil hasta que la relación comienza a deteriorarse. O descuidamos nuestras finanzas hasta que una deuda nos obliga a reorganizar todo nuestro presupuesto.
Entonces aparece la urgencia.
Y con ella, una capacidad de reacción que parecía no existir mientras todo estaba tranquilo.
El miedo tiene una función importante en nuestra vida. Nos advierte sobre posibles peligros, prepara nuestro organismo para responder y, en determinadas circunstancias, nos ayuda a actuar rápidamente para protegernos.
No es necesariamente nuestro enemigo.
El problema comienza cuando solamente somos capaces de movernos cuando sentimos que algo nos persigue.
Hay personas que necesitan estar a punto de perder una oportunidad para comenzar a valorarla. Otras esperan hasta que una situación se vuelve insoportable para decidir cambiarla. También existen quienes descubren su capacidad de actuar precisamente cuando las circunstancias ya no les permiten seguir esperando.
Pero ¿realmente necesitamos llegar hasta ese punto?
La vida sería menos desgastante si aprendiéramos a reconocer los problemas pequeños antes de que se conviertan en grandes emergencias.
Porque no todos los perros que nos persiguen tienen el mismo tamaño.
Algunos representan pequeñas responsabilidades que podemos resolver con tranquilidad. Otros simbolizan dificultades importantes que requieren atención inmediata. Y también existen amenazas que nuestra imaginación hace parecer enormes, aunque todavía no sepamos si realmente representan un peligro.
Aprender a distinguirlas puede ayudarnos a responder mejor.
No se trata de correr ante cualquier ladrido, ni de permanecer inmóviles cuando existe una amenaza verdadera.
Se trata de comprender cuándo necesitamos actuar, con qué intensidad y hacia dónde debemos dirigir nuestros esfuerzos.
Reflexión en preguntas
¿Cuántas veces has dejado algo para después hasta que se convirtió en una urgencia?
Quizá un trámite, una deuda, una decisión laboral o una conversación que llevabas tiempo evitando.
¿Habría sido diferente si hubieras comenzado a resolverlo cuando todavía era un problema pequeño?
También vale la pena hacernos otra pregunta: ¿estamos reaccionando al tamaño real de nuestras dificultades o al tamaño que les damos en nuestra imaginación?
Porque algunas veces corremos desesperadamente ante situaciones que requieren solamente paciencia y organización.
Y otras permanecemos demasiado tranquilos frente a problemas que verdaderamente necesitan nuestra atención.
La sabiduría también consiste en aprender a reconocer la diferencia.
Desde lo aprendido
Con los años uno descubre que muchas de nuestras decisiones más rápidas llegaron acompañadas de alguna preocupación.
Cuando apareció una dificultad económica, encontramos maneras de administrar mejor nuestros recursos.
Cuando sentimos que podíamos perder algo importante, comenzamos a prestarle atención.
Cuando una oportunidad estaba por desaparecer, reunimos el valor para intentarlo.
Y cuando las circunstancias nos colocaron frente a una decisión inevitable, descubrimos que éramos capaces de hacer cosas que antes nos parecían demasiado difíciles.
Esto no significa que todas las personas reaccionemos igual ante el miedo. Algunas actúan rápidamente, otras necesitan tiempo para organizar sus pensamientos y otras pueden quedarse paralizadas por la preocupación.
Todas esas respuestas nos recuerdan que somos humanos.
Pero también aprendemos algo importante: no siempre necesitamos una emergencia para demostrar que podemos actuar.
Podemos comenzar a cuidar nuestra salud antes de enfermarnos.
Podemos organizar nuestras finanzas antes de enfrentar una deuda difícil.
Podemos expresar cariño antes de sentir que estamos perdiendo a alguien.
Y podemos trabajar por nuestros sueños sin esperar a que el miedo al arrepentimiento nos obligue a comenzar.
Quizá la verdadera madurez consiste en aprender a movernos por convicción y no solamente por necesidad.
Conclusión
El miedo puede hacernos correr.
La urgencia puede obligarnos a tomar decisiones.
Y los problemas pueden despertar capacidades que desconocíamos.
Pero vivir permanentemente reaccionando a las amenazas termina siendo agotador.
No necesitamos convertir cada dificultad en una emergencia ni esperar a que las circunstancias nos alcancen para comenzar a resolverlas.
Aprendamos a reconocer los pequeños problemas mientras todavía podemos enfrentarlos con calma.
A distinguir las preocupaciones reales de aquellas que solamente estamos imaginando.
Y, sobre todo, a comprender que también podemos avanzar motivados por nuestros sueños, nuestras responsabilidades y nuestros deseos de construir una vida mejor.
Porque correr cuando algo nos persigue puede ayudarnos a escapar de un peligro.
Pero caminar con dirección, incluso cuando nadie nos persigue, puede ayudarnos a construir nuestro futuro.
Uno corre tan rápido según el perro que lo persiga.
Aunque quizá una de las mejores lecciones de la vida sea aprender a movernos antes de que tengamos que salir corriendo.
AD Mettā
Fundador de CADA vez más luz, un apasionado escritor, deportista y un amante de “Viajar Ligero” en La vida.
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